Luego de poco más de un año sin escribir acá (no sé exactamente, pero al menos siento que no escribo aquí en años), escribo ahora como una manera de afrontar este primer día de este nuevo año. Para quienes nunca me han leído, mi blog (tanto como mi facebook y mi twitter), me sirve para quejarme de mis dolencias (reales o imaginarias), de mi cotidianeidad, y también desfogar mis enojos, indignaciones, ideas, ocurrencias, reflexiones y demás. Escribo con libertad, sin editar o corregir mucho, porque no quiero sentir que es una imposición, sino una liberación. No tengo vetado ningún tema, por cierto, y usted querido lector, es libre de leerme o abandonar la página, comentarme algo o callar para siempre. Yo, por mi parte, tengo la libertad de escribir lo que yo quiera (éste es, después de todo, MI espacio) y de reservarme la publicación u obliteración de los comentarios. Sé que todo esto es obvio, pero uno sobreestima a la gente a veces.
Pues bien. Buscaba una imagen para ilustrar este post, pero todas son chistes crueles sobre mujeres ancianas, o mujeres cuarentonas operadas para verse de menos años. Así que lo dejaré sin imagen. Hoy es el primer día del año, muy cercano a mi próximo cumpleaños, por cierto. No soy de las que se quitan años o se ponen roñosas cuando alguien les pregunta su edad. Como escritora, soy de las que siempre ponen su año de nacimiento, tras una coma y el nombre de su ciudad natal. Igual, el paso de los años pesa y mucho. Y hablando de pesos, hoy también me subí a la báscula luego de no hacerlo por casi un mes. No quería saber: negación pura y navideña. Por supuesto que no esperaba otra cosa, pero aún así no resulta nada agradable toparse de frente con la realidad.
En un mundo ideal las apariencias deberían ser menos importante que la persona en sí: persona entendida como la cáscara y la pulpa, el cuerpo y los pensamientos, el físico y los sentimientos, lo externo y lo interno, bla bla blá. Pero en el mundo real, sí que importan, y tal vez las feministas se me vayan a la yugular tras leer esto, pero para las mujeres importan mucho más. Dicen por allí que con la edad los hombres se van volviendo interesantes y las mujeres solamente viejas. Lo cierto es que a las mujeres se les valora por su belleza (ergo, su juventud) y a los hombres por sus logros (que no necesariamente se dan en la juventud). Quizás ambas cosas son injustas, pero un hombre sesentón y exitoso tiene mujeres jóvenes y todos lo admiran por ello, mientras que una mujer exitosa de sesenta, es una mujer exitosa, a la que todos criticarían si anduviera con un muchachito veinteañero. Por más que el “cougarismo” esté de moda, es difícil sacarse los atavismos como si fuera un suéter.
Me quedé pensando cómo las mujeres después de los cuarenta se vuelven gradualmente invisibles. Incluso las que alguna vez tuvieron posiciones de poder, se van deslavando para siempre apenas se jubilan. Por eso muchas mujeres pelean con uñas y dientes las fiestas familiares: una vez que las hijas o las nueras asumen el papel, la razón de existir de muchas mujeres parece desaparecer. A las mujeres mayores de cuarenta, el mundo ya no las mira. Por supuesto que hablo de las mujeres normales, no las de la farándula nacional o holliwoodense. Pero aún ellas, con sus entrenadores personales, las cirugías, el maquillaje profesional, la buena iluminación y el photoshop a sus pies, sufren los embates de la edad. Porque la verdad es que a pesar de todos los esfuerzos, la edad se nota. Y mientras más tratan las mujeres de esconderla o apañarla, el factor de ridiculez aumenta de una manera casi dolorosa. Mujeres de cincuenta con los labios inyectados de silicón, la piel estirada, las tetas falsas de silicón, las fajas o la liposucción, el maquillaje más grueso que un chicharrón de cerdo: pena ajena, tristeza propia. Porque uno ve todo eso y pone las barbas (o las arrugas) a remojar.
Por eso las reuniones con excompañeras de la escuela pueden infundirnos tanto morbo y, al mismo tiempo, tanto miedo. Porque es en las mujeres de nuestra misma generación, que nos vemos reflejadas. Allí vemos nuestras virtudes y nuestros errores: si tan sólo hubiera hecho más ejercicio, si me hubiera alejado más del sol, si si si si si… Pero los años están allí, unos mejores pasados que otros, pero están allí. Y nadie queremos ser invisibles ni ridículas. Si toda la vida crecimos con juguetes, comerciales, películas y canciones enseñándonos que las mujeres valemos por nuestra belleza, verla escurrirse por la coladera, junto con nuestros cabellos y algunas canas, resulta doblemente terrible. No sólo por la conciencia del final de nuestra vida, sino por invisibilidad a la que pronto estaremos sujetas.
El envejecimiento se puede medir bien cuando una pasa frente a una construcción. Cuando una es joven, los albañiles nos prodigan con una sarta de insultos soeces y sexuales, y una puede darse el lujo de enojarse mucho e indignarse. Con el paso del tiempo, los comentarios van cesando, hasta llegar el día en que los albañiles a lo mucho saludarán educados (buenos tardes, señora), y más tarde, ni siquiera eso. Porque las mujeres, nos volvemos invisibles con los años. Por eso el que una mujer más joven nos llame “señora” es el peor insulto posible. Esto, claro, sólo puede entenderlo otra mujer.
También es cierto que a veces la inteligencia o ciertos logros nos salvan, o al menos, nos dan la ilusión de que nos salvan de esos sentimientos “superficiales y tontos” de la edad. Pero honesta y dolorosamente, lo cierto es que todas al final de cuentas, somos susceptibles a esto. Sentirse amenazada por alguien más joven, sólo porque es joven, no sólo es natural, sino humillante. Porque una se dice una y otra vez que eso no debería importar, pero al final, sin que una quiera (sin querer queriendo, diría el Chavo del 8), termina importando. Y entonces uno comienza a hacer ejercicio, dietas, a ponerse cremas, y a buscar, lastimeramente, un poco de comprensión. O paciencia, si lo primero no fuera posible.
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