Archivo | Ego-Lili It’s all about me!! RSS feed for this section

Llega El monstruo pentápodo

8 Feb

Hoy le quito las capas de polvo a este blog porque tengo una buena noticia. Una excelente noticia, de hecho. Tras dos años de la edición de Pandora (Tusquets Editores, 2015), con una protagonista mórbidamente obesa que es uno de los vértices de un triángulo amoroso, mi nueva novela, El monstruo pentápodo (Tusquets Editores, 2017) sale por fin a la luz. Estoy muy emocionada; estoy feliz.

Así como mi novelita breve Residuos de espanto (Ficticia, 2013) toma nombre de una línea de Los pasos perdidos del gran Carpentier, El monstruo pentápodo fue bautizado también a partir de un fragmento de Lolita, de Nabokov.

De mi novela puedo decir que es un relato mucho más oscuro. Una historia con un tema muy fuerte. Del momento en mi vida en que llega opino que es una forma maravillosa de celebrar mis 43 años de vida y los 2 años de mi primera novela. Espero que todos mis lectores anteriores disfruten (o se estrujen) también con El monstruo pentápodo y si es así, lo recomienden a otros.

 243778_portada_el-monstruo-pentapodo_liliana-v-blum_201611241642.jpg

El monstruo pentápodo

Un relato que no se toca el corazón para llevar al lector frente a la bestia con piel de ángel que se esconde a plena luz del día.

portada_pandora_liliana-v-blum_201502261902.jpg

Pandora es una novela inquietante, demoledora: derrumba página tras página nuestras certezas sobre las relaciones hombre-mujer. Con ella, Liliana Blum se revela como una narradora cruelmente excepcional.
– Eduardo Antonio Parra

Otra reseñita y un poema de aliento

10 Ago

No sé qué me pasa hoy si es domingo y amaneció lloviendo y hasta ayer estaba muy bien. Al menos eso parecía. Ahora ando por la orilla del edificio, trastabillando, coqueteando con un downer. Como si cualquier cosa me fuera a tirar, el aleteo de un pájaro, lo que sea. Y me conmueve mucho que de pronto aparecen los amigos y me alegran.

Por ejemplo, un amigo al que no conozco en persona, me escribió un mensajito feisbukero que me alegró un poco, aunque no sé si era que mi amigo estaba ebrio a las 9 de la mañana de hoy. Igual, muchas gracias, sobre todo porque intuyo que me dice sabrosa por allí. Eso sí, lo de maestra no me pasa mucho, pero I let go el día de hoy, porque mi amigo means well. Qué pocha. Estoy para reventarle las bolas a algún purista de la lengua que me lea por allí.

maestra es usted lake no puedo dedicarle poemas dulces, porque mis mentas saben coñoel
aun asi intentare un verso a la sabina
elque se crea sabosa no la exonera derlpardaso
y vendran por ti
ay liliana blum 1 y 19999999 soldados
te mataray tu goxaraas el sabor ocre de sus espadas
y rugitras al final viva mexico cabrones

Pero quería también poner aquí una reseña sobre mi libro El libro perdido de Heinrich Böll que la escritora Guadalupe Ángeles publicó hace varios días en un diario de Guadalajara. Desde acá le agradezco el leerme  y el escribir sobre mi libro. Eso es siempre admirable. Aquí pongo el link al periódico, y abajo la reseña tal cual, al cabo está cortita. Gracias Guadalupe!!

http://www.informador.com.mx/suplementos/2009/125572/6/todo-invierno-pasara.htm

Todo invierno pasará

  • Guadalupe Ángeles             Mundo de letras

La tristeza no es un don, y colocar los hechos de los que se deriva tal cualidad (¿o defecto?), en la debida distancia, lejos del cerrado círculo donde dolor y doliente no dejan de mirarse a los ojos con fijeza, es ciertamente una virtud. Esa virtud la pone de manifiesto en sus páginas el narrador que nos va contando varias vidas en El libro perdido de Heinrich Böll, el cual ejerce de maestro de ceremonias y sólo nos muestra las “fotos”, ya nosotros diremos si estamos ante obras de arte minimalista o ante imágenes dotadas de una rara densidad en la narrativa mexicana actual.

Liliana V. Blum, con este sobrio ejercicio novelístico nos lleva a resignificar, a ampliar nuestra visión de las cosas, y lo hace con una actitud de fotógrafo de guerra, quien a distancia peligrosa nos advierte sobre lo que todos podemos saber y de hecho sabemos, pero preferimos mirar el calendario de flores, el silencioso vagabundear de los bichos en torno al foco, o cosas así que también son terapéuticas, pero otorgan sólo un muy breve consuelo, en cambio, si como lectores le tomamos la palabra a Liliana V. Blum y vamos de la mano de sus personajes, advertiremos muy pronto que el ser humano, la condición con que se deposita en el mundo, una vez parido, no es cosa de temer, sino de observar sin lágrimas, objetivamente, porque sólo así es posible desprenderse de todo aquello que nos hace ser los observadores que se niegan a ver, los necios también mortales inmovilizados en la indiferencia, ¿o no hacemos eso todos los días al ver las noticias en la televisión, al pasar de largo cuando alguien pide limosna? Liliana no nos pide tanto, sólo nos invita a compartir la realidad de esa galería de personajes más o menos sufrientes, definitivamente humanos y diafanamente trazados en este breve libro publicado por la casa editora Jus al permitirnos conocer el trabajo de esta escritora mexicana, quien, no obstante su juventud, y al igual que otros escritores menores de cuarenta años (léase también “Virtus” de Eve Gil también publicada por Jus) se muestran maduros y correctos, es decir, escritores de los que vale la pena leerse, es mi opinión, pero la delicada sensación que aún permea en mí tras la lectura de “El libro perdido de Heinrich Böll”, es buena compañera, me recuerda que soy todavía un ser humano, aunque la indiferencia circundante (y la mía propia) a veces me haga olvidarlo.

La dinámica de la narración que recorre estas páginas, a veces, si se tratase de una pieza musical, se escucharía como una ópera trágica, o a momentos como un dulce pasaje invernal, y no importa el tono, sino lo vivos que están todos los personajes, entrañables, dolorosos, limpiamente descritos, no exentos, en instantes, de un muy oscuro humor.

La autora, en la presentación de este libro, como dando una clave para comprenderlo, dijo que le hubiera gustado titularlo: “El honor recuperado de Katharina Blum”, sea pues el lector quien devele el significado de tal frase, invitado aquí y ahora a penetrar en esas páginas breves, espléndidas, sencillamente conmovedoras.

Palabras y recuerdos

7 Jul

Ahora estoy leyendo un libro sobre traumas en la cabeza, historias de pacientes (Head Cases, de mi nuevo amigo Michael Paul Manson, a quien conocí en Goodreads.com). Y precisamente encuentro una que me perturba en particular, la de una mujer que pierde la capacidad de recordar, de formar recuerdos. Vive atrapada en el presente. Y recuerdo una frase de Joyce Carol Oates, que justo apunté aquí en un cuaderno porque me impresionó. Pensaba usarla algún día como epígrafe en algún lado:

“For memory is a moral action, a choice. Yo can choose to remember, you can choose not to.”  Eso es, cuando tu cerebro funciona bien, cosa que todos damos por hecho. Y yo pienso que en ocasiones los recuerdos asaltan, se meten a la fuerza, por más que uno pretenda olvidar. También dice Oates: “Where there are no words, tehre memory cannot take root”. Sin palabras no hay memorias, y me hace pensar en esto del lenguaje. Tantos libros que habrán escrito los lingüistas y los que saben de estas cosas.

Yo que amo leer las palabras y disfruto escribiéndolas a veces, es todo lo que tengo yo, me doy cuenta de lo poderosas que llegan a ser. Y escribo este post luego de enterarme que ciertas palabras pronunciadas por cierta persona le han hecho mucho daño a una persona que quiero mucho mucho. Y las palabras pueden ser asquerosas, la cosa más cruel, cuando se dicen con el propósito de dañar, cuando se sabe exactamente qué decir porque se comparte un pasado, y que se usa ahora como un arma por la espalda, así con toda la cobardía del mundo. Por supuesto que me emputa cantidad que alguien le haga esto a quien quiero tanto. Se me dificulta explicar que las palabras no siempre son verdad, que se usan para manipular el corazón, para levantar el agua fangosa, que duelen igual mentira o verdad, que apelan a los miedos, a las inseguridades, a las culpas que uno se carga sin tener que cargarlas.

DSC01077

Elín, una servidora con los lentes de Marco, y mi Sara querida, ebrias en Mexicali.

Mientras tanto, entre palabras y recuerdos, yo soy feliz. Y digo soy, no estoy. Reitero. Uso mis palabras todos los días. Estoy creando los recuerdos de los que voy a vivir mañana. Recojo todo mi pasado, que cada vez es más largo, y me veo bajo esa luz, y me doy cuenta de lo que ya no soy, o de las cosas que sigo siendo, a veces comprendo por qué hice tales o cuales cosas, a veces hasta me perdono un poco. Las cosas que pensaba entonces, las cosas que esperaba, lo que me daba miedo, lo que daba por hecho. Tengo todo lo que no esperé nunca, lo que no planeé, y creo que lo que quería en particular nunca llegó porque en realidad no sabía qué quería, pero en general sí, porque en el fondo todo mundo quiere ser feliz, quiere amar y ser amado.

Me cuidaré la cabeza con obsesión: prometo no hacer esquí ni subir en moto ni tirarme de paracaídas ni nada de eso. Podría vivir con convulsiones, pero jamás con la pérdida de mis recuerdos. Porque necesariamente tendría que perder mi presente, y mi presente me tiene tan feliz. Me gusta tener planes, me gusta querer escribir aunque no pase de dos líneas, me gusta mirar las fotos de mis amigos, me maravilla mirar fotos de Durango y sentir la punzadita de la nostalgia, me fascina sentir todo lo que siento, y no sé si alma/corazón/función cerebral, lo que sea, pero me alegro de estar viva.  Y recuerdo esa cosa tan fallida de las venas que no se cortaron tan bien y me alegro por eso. Y me alegro por cada decisión estúpida o acertada que tomé en el camino que me puso en dónde estoy ahora.

Estoy en Tampico, escucho el radio, mi perra tiene pesadillas a mis pies, con un calor que se siente de 40C, un poco hasta la madre de mi hija que ha bajado al menos unas cien veces a interrumpirme esta mañana, bebiendo un Dr. Pepper de dieta, sudando cantidad, recordando con una sonrisa la noche de ayer, y dispuesta a preparar algo de comer para la familia. Ese es mi presente. Mi pasado está lleno de cosas que comienzan a archivarse poco a poco, a servir al menos para escribir con honestidad, y mi futuro no tiene garantías, pero me mueve la ilusión de que será al menos como mi presente.

Y no sé si mis palabras sirven a veces para hacer sentir bien a quien necesita sentirse bien, desdecir a todas esas palabras tan cubiertas de odio y resentimiento y que juzgan y califican erradamente, con toda la mala uva de conseguir algo tan burdo como dinero, a través de esa manipulación de letras y entonaciones y evocaciones caprichosas del pasado. No lo sé. Pero un abrazo, un abrazo para una de las mujeres que más admiro yo.

Ahora no tengo de qué quejarme, Eros. No te digo ná, ni mais.

24 Jun

DSC01212

(Sí, desapareció el post sobre la mala reseña de mi libro. A petición de mi traductor y con mucho gusto. Si encuentro una crítica académica, de alguien que sepa usar puntuación y fundamente sus aseveraciones, prometo ponerla aquí. Y gracias Franco, me hiciste reír mucho con tus investigaciones.)

Escribo desde un McDonalds y sin querer, he terminado por desayunar por segunda vez. Es que perdí ya media mañana haciendo algunos pagos e ir hasta la oficina hubiera sido perder más tiempo. Así que me quedo por aquí cerca de la escuela de los niños e intento hacer algo provechoso. Dije, había desayunado temprano, avena con leche y plátano, tan sana yo, antes de llevar a Ram al aeropuerto. Luego se me antojó a un café (andatti a $11), así que paré en un oxxo. No sé que tengo hoy, pero pasé por alto esas barras amarillas del estacionamiento, y tropecé frente al oxxo. Lo único que me salvó del piso fue una caseta de telmex. Auch. Si no meto las manos hubiera sido mi cara. Todavía me duele el pie. Cuando me repuse, me di cuenta de que los dos chicos de chaleco rojo que trabajan allí estaban muertos de risa. Supongo que puedo jactarme de alegrar sus días.

DSC01224

He estado en el espacio metropolitano, he visto la mitad del cielo azul y la otra negra, el puente Tampico, las palmeras, algunos caballos pastando por allí. He leído en los escalones con mi café. Estoy leyendo The White Tiger, del hindú Aravind Adiga, que se ganó el Man Booker Prize en 2008. No hay duda de por qué. Lo recomiendo ampliamente. Y no sé, esto de leer en los escalones y el café y la lluvia a punto de caer en el horizonte, me hace sentirme muy feliz. Bueno, no es sólo eso, que lo sabré bien yo. De nuevo estas cosas de ponerme a pensar, a recontar lo que ha sido mi vida. Últimamente he recordado, he escrito un poco de mi pasado. Mi niñez, mi adolescencia, caray, no quisiera repetirlas. Me gusta tanto esta Liliana treintañera y su vida de ahora.

Mi hija recién cumplió seis, mi hijo está por cumplir diez. Está conmigo mi compañero de vida. Estoy en contacto con amigos de todas las etapas de mi vida. Me doy cuenta de por qué eran mis amigas y mis amigos. Hay nuevas personas en mi vida, personas que quiero guardar conmigo. Justo ahora Eros Ramazotti canta de su nuevo disco “Dímelo a mí” y es como un homenaje a mí, que desde muy chavita me gusta ese italiano de voz gangosa. El chiste, ahora, es que no tendría nada que contarle. Mi vida va bien. Pronto presentaré mi libro de Jus en Querétaro, donde comencé a escribir. Me presenta mi primer maestro. Es una emoción tan grande volver volver, volver tan contenta a esa ciudad que tanto me vio llorar en una época.

DSC01225

Me miro en el espejo y sí, veo mi cara que ya no es la que tenía a los 20s. Esta piel tan delicada de mierda de las pelirrojas. Todos aquellos veranos de sol, de ponerme como una langosta, cuando coppertone era del número 8, si es que alguien se acordaba de ponerme un poco. Y tendré que acostumbrarme a las arrugas, porque la risa, la felicidad, los orgasmos, hacen que mi cara se contraiga tanto y tanto. Sí me cuido, protector solar y bla bla bla. Me doy cuenta de que la existencia de otros seres humanos me hace ser profundamente feliz. Nunca lo había sentido así. Soy feliz porque ciertas personas existen. Porque con ellas interactúo, intercambio palabras, momentos, imágenes, sueños, libros, miradas.

Tengo muchas lecturas que hacer, libros en fila esperando por mí. Tengo un proyecto que me aterra y que es mi reto y ayer, esbozando una escena, se desvió por otro lado inesperado. Me puse a escribir hasta que me dolió el brazo y hasta que mi hija comenzó a interrumpirme. Sé que ahora no podré entender mi propia letra en el cuaderno (uno bien viejito de hojas recicladas que me trajo Ram de Costa Rica). No tengo muy claro hacia donde irá la cosa, pero me gusta esto de hablar de lo que no fue.  Un experimentar con mi pasado, con lo que me hubiera gustado, y con todo lo que mi imaginación piace. Pues sí.

Mi revista favorita: Playboy (edición US) / Got my shit together!!

27 May

seth-rogan-playboy-april-2009 Playboy y yo tenemos toda una historia juntos. Desde que conozco a Ram, está suscrito a la revista. Recién nos casamos, recuerdo que yo sentía unos celos muy pueriles por las chicas de la revista, en aquellas hojas tan lustrosas. Eran, después de todo, lo más opuesto que podía haber a mí. El argumento de que los artículos son buenos lo había escuchado ya tanto (a mis amigos, en la televisión) que sonaba a la excusa más desgastada.  Ram me decía que yo podía quitar las imágenes de las conejas y aún así la revista era valiosa. Con el tiempo terminé por superar eso, por entender. Sin que nadie me viera hojeaba la revista y en ella pude leer un cuento de Nabokov, de Margaret Atwood y de Stephen King, entre otros. Luego descubrí la sección del Advisor, que a la fecha sigue siendo de mis favoritas (son fanática también de Jimmy the Bartender, en Menshealth, y de Dear Abby, en los periódicos gringos). Me gusta la cosa de leer los consejos y las respuestas que se dan. Así que desde hace años ya, yo misma saco la Playboy de su bolsita negra y soy la primera en leerla.

Ahora sé de las maravillas del photoshop. De la diferencia que puede hacer un ángulo, una luz, un fotógrafo profesional. Estoy segura de mi relación. Más que nada, creo, y tal vez sea la edad, y como dijo alguien por allí en relación a las cougars, I’VE GOT MY SHIT TOGETHER NOW.

A principios de este año me di cuenta con cierto disgusto que el formato de la revista había cambiado. Para empezar era mucho más delgada (el papel es más fino). Comencé a odiar todo lo nuevo. El formato más visual de la Raw Data. La eliminación del cartoncillo para el Reader Response y para el Forum, amén de su nuevo lugar al final de la revista y no al principio. Odié con toda el alma que el Advisor lo cortaran (antes era una página y su reverso) y mandaran la otra parte al final. No sé si fue la crisis, o la idea de alguien, sólo por joder, pero yo estaba de lo más a disgusto con la nueva Playboy. A pesar de que en uno de los números salió Seth Rogen, uno de los pocos bastardos con suerte en salir en la portada.

Hoy vuelvo a desdecirme. Vuelvo a amar la revista, con todo y sus nuevos formatos. Y lo que pasa es que desde hace un par de meses, hay una nueva colaboradora: Suzy McCoppin. I LOVE HER. Parece que escribe para mí, que escribe desde el punto de vista de mujeres como yo. Es como todo un contrasentido en Playboy, donde uno pensaría que el sexo anal y los tríos Mujer-Hombre-Mujer serían tan recomendados como el ejercicio diario y las vitaminas. Pues no. Suzy McCoppin va con sus propias ideas que no necesariamente se verían bien colgadas en la mansión de Hef. Es como encontrarse un koala a mitad del desierto. Algo inesperado. Joder, nunca creí que lo diría, pero leo Playboy por los artículos. Ram, por favor no dejes de renovar la suscripción.

Yo, como tema fundamental

25 Abr

La verdad es que yo me encuentro un poco aburrida (al final de este post viene un poquito de piel, para animarlos); tal vez no tanto, pero en cualquier caso, tampoco así fascinante, digo,  como para ser el tema de conversación literario y etílico. A lo largo del tiempo, uno conoce a mucha gente. De todo, porque de todo hay en la alberquita genética del homosapiens. Hay personas geniales, hay quien hace cosas por la humanidad, hay quien deja más que deudas al morir, también están los grandes hijos de puta de la historia, luego está la gran mayoría que oscila entre varios tonos de gris, que va sin exceso de pasión por la vida, sólo la justa para subsistir y que apenas se enteran de las cosas, y luego están los que se saben mediocres, muy a su pesar.

Dijo Ayn Rand en su libro Return of the Primitive que “mediocridad” no significa una inteligencia promedio; significa una inteligencia promedio que resiente y envidia a quienes son mejores que ella.  Yo, en verdad, no me comparo con los demás. En literatura mucho menos. Para algunos colegas resulta difícil entender que el libro que me publican a mí no le resta nada a nadie más, si tan solo a los árboles y su tierna celulosa. Que si fulano y mengana y sutano se ganan una beca, un premio, o publican un nuevo libro, no tiene que ver conmigo. Yo no engordo si me vecina se traga una gran torta, pero tampoco me duele el dedito si alguien se martilla el suyo.

Yo no puedo querer/amar/amigar a alguien a quien no admire. Por eso es que mi pareja y mis amigos son siempre gente a la que admiro por alguna razón. La gente que quiero y me rodea es siempre más talentosa, más inteligente, más simpática, más buena, más todo que yo. Aunque ellos no lo sepan, siempre hay algo admirable en ellos que me hace desear su compañía y compartir con ellos lo que sea que yo tenga. También tengo conocidos o amigos a un nivel menos profundo, a veces escritores famosos, Alfaguaros, Tusquetos, Mondadoros, Anagramos, Planetos, etc. No diré nombres y ni diré que hace falta. Y por supuesto que la última vez que fui a la FIL (a presentar mi libro y no sólo a comprar), me dio mucho gusto encontrarme con ellos. Mis conocidos, los exitosos, los famosos, los de las grandes carreras, jamás hablan mal de mí. Al contrario. El otro día me contactaron de Tusquets para ver si tenía una novela. (Y no la tengo lista!!!), gracias a que alguien muy querido me recomendó como una buena escritora.

La gente arriba, muy arriba de mí, la que escribe y publica y es leída, me mira con cariño y me procura, hasta intenta ayudarme en lo posible. Los únicos que hablan mal de mí, según veo, son los que tal vez se quedaron rezagados en el camino, los que creen que no me merezco lo que tengo y lo que he hecho, los que se sienten defraudados porque Dios, el destino, el gobierno federal, el estatal, las grandes editoriales, y el mundo en general, han fallado en reconocer su gran talento. Para ellos, el mundo ha vivido equivocado. Creen que han sido víctimas de una mala jugada, supongo, y que a mí me ha caído del cielo todo envuelto en un paquete, o que he hecho no sé que cosas innombrables para ser la que soy. Porque no soy ni pequeña ni grande, ni mediana, ni exitosa ni fracasada, ni buena ni mala. Me he limitado a trabajar, a rascar, rascar, a superar mis fracasos (que son incontables) y seguir intentándolo. Si la malicia o la envidia fueran tangibles, si tuvieran una forma, dijo Charley Reese, sería la forma de un boomerang. Es más fácil cuestionar mis logros que mirarse a sí mismos.

Yo, como dije, no creía que fuera tan fascinante como para tanto material, pero suelo equivocarme. Los que me conocen bien, no creerán jamás las cosas malas que escuchan de mí, y quienes no me conocen y se solazan escuchando a un tercero/tercera hablando a mis espaldas sin cuestionarse las razones, es gente a quien no me interesa conocer. Es muy fácil criticarme, en realidad. Si se van por lo físico, podrán decir que tengo pelos de zanahoria, que estoy blanca como un fantasma, que estoy narizona, que soy una pinche judía, que estoy chaparra, que tengo cara de mosca muerta (porque soy seria), que soy una fachosa, que me caería muy bien usar maquillaje, que no sé hablar en público, que soy tímida, nerviosa, que no pronuncio bien, etc. Es lo más obvio. También me pueden decir esposa desesperada, ama de casa, pinche feminista, mala madre, esposa desobligada, maldita burguesa, etc. Me pueden decir todo eso porque no me conocen y asumir lo que a uno le conviene de la gente que quiere denostar, pues es lo más sencillo. También se puede decir que lo que hago no es literatura, que mis libros valen madre, que es inexplicable por qué tengo cuatro libros en español y uno traducido al inglés, por qué dos institutos estatales y uno nacional han decidido otorgarme sus recursos por medio de las becas, como es posible que se me inviten a encuentros de escritores en otros estados, etc. Sin leer un libro mío se puede decir que es el peor libro que hayan leído jamás. Es tan sencillo, en verdad.

Yo acá seguiré ocupándome de mi vida: mi compañero Ram, mis hijos, mis amigos, mis proyectos, mi correr, mis lecturas, mis miedos, mis todo. Seguiré siendo pelirroja chaparra narizona, quizá sólo acumule canas a lo largo del tiempo. Seguiré rodeándome de personas mejores que yo. Y luego me quitaré el sombrero, pues la envidia es un retorcido homenaje que la inferioridad le rinde al mérito. GRACIAS GRACIAS GRACIAS GRACIAS por hablar de una servidora. Les dej un regalito a todos los que me quieren, y también a aquellos que no tanto. (Toca el claxon, lánzame una leperada linda, o deja un comentario si te gusta lo que ves).

foto-71

La Hamsa que tengo en mi tobillo sirve para alejar a las envidias y al mal de ojo. Ajúa!!!

Me quieren agitar Me incitan a gritar.

Soy como una roca, Palabras no me tocan

Adentro hay un volcán Que pronto va a estallar.

Yo quiero estar tranquilo.

15 Ene

17501989 Leo un libro de Amos Oz, mi primero. Lo leo fragmentado, cuando las mamás que esperan a sus hijos en la escuela no sienten el impulso de hacerme conversación. Mientras tanto, intento escribir un cuento que no sé a bien a dónde se dirige, pero que tiene que estar terminado y corregido para fin de mes.

Estoy en la oficina, con un café, mucho frío. Tengo una chamarrita ligera, pero tiemblo. En casa tengo un cactus nuevo, se trata de un cactus palmera regalo de mi suegro, un cactus que me había gustado mucho desde que lo vi en un restaurante. Alguien que quiero mucho me lo ha plantado en una maceta de barro.

Me preocupan mis amigos que viven en Israel. Los virtuales y los que conozco en persona. Veo las noticias y en las noticias veo a Ashkelon, y veo unos departamentos despedorrados, departamentos idénticos a unos donde yo pasé momentos muy gratos. Veo personas de la tercera edad, muy rubios y de ojos azules, y entonces sé que son los rusos. Como Boris, el sobreviviente del Holocausto que me fotocopió su libro y aún no he terminado de leer. Tampoco he terminado de leer y hacerle notas a la novela de mi amigo Zolliker. Tampoco he corregido unos cuentos míos que necesitan mucho trabajo. Mi novela la llevo apenas, escribiéndola poco antes de la fecha límite, pero sin meterle nada de corrección aún. Me queda un mes de la beca, nada más, y me doy cuenta de que el año se ha pasado rápido.

Muy rápido en realidad. En un par de semanas más o menos estaré cumpliendo treinta y cinco, y no estoy segura de cómo voy a tomarlo. Supongo que como cualquier otro día, después de todo es un día más del año y he estado envejeciendo desde mucho antes. El año pasado, tengo que decirlo, fue un buen año para mí. Fue año estupendo, en realidad, y me da miedo pensar que éste no será igual. Y lo más probable es que no lo sea, porque como dije, el anterior fue un año extraordinario. Salieron cuatro libros míos, para empezar.

Pues bien, a trabajar.