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Viaje a Israel – parte 5 LA RELIGIÓN LO ENVENENA TODO

23 Ene

“To terrify children with the image of hell, to consider women an inferior creation—is that good for the world?” 
― Christopher Hitchens

Ya sé que prometí hablar de mi viaje en este blog. Pero Israel no es solamente la tierra, los edificios, los paisajes. También es su gente. Invariablemente, siempre que iba en tren, en bus, en auto, o caminando, vi mucha gente. Gente de todos tipos, como he referido hasta ahora: rusos, etíopes, sudaneses, filipinas, árabes, judíos que parecen árabes, judíos que no. Vi gente vestida de distintas formas. Desde luego, lo que más me llamó la atención, desde el aeropuerto y durante migración, eran los judíos ortodoxos, con sus vestimentas, sus esposas, y sus múltiples hijos. Inevitablemente tengo que hablar de la religión, pues es algo muy importante en este país. El Estado es religioso: Benito Juárez hubiera cometido un harakiri de haber visto cómo se hacen las cosas en Israel. Mientras estuve en allí, me enteré de cosas de los religiosos, que me dejaron en un estado entre anonadada y aterrada. Opino con el difunto Hitchens (que ya debe de ser composta) que a pesar de que algunos insisten en que la religión, con todo y sus defectos, al menos tiene la virtud de instaurar en la gente cierta moralidad, en realidad, en todas las religiones hay evidencia palpable de que lo contrario es verdad: es un hecho que la religión hace que la gente sea más egoísta, más perniciosa, y tal vez, lo peor, más estúpida. Para muestra, hay millones de botones. En este caso, en Israel hay una interesante mercería con distintos botones. 

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Las mujeres, seres inferiores y sucios, no tienen los mismos derechos

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Transporte público segregante

Los Haredim (judíos ortodoxos), como hombres de otras religiones, ven a las mujeres como seres inferiores. Con una escalofriante similitud a las tendencias fundamentalistas dentro del Islam (con su ley Sharia que les permite apedrear a una mujer adúltera hasta matarla o a un padre o hermano asesinar a su propia hija o hermana si fue violada, para reparar el honor de la  familia), los Haredim han adoptado una versión del judaísmo que requiere una estricta separación entre hombres y mujeres. Por ejemplo, en Jerusalem existe transporte público que segrega a las mujeres: pasan por barrios Haredi. En estos autobuses, los hombres se sientan al frente y las mujeres en la parte trasera (Rosa Parks, anyone?), a pesar de que hay letreros en los que se les indica a los pasajeros que pueden sentarse donde gusten. Cuando los ultra ortodoxos se suben a otros transportes que no segregan, prefieren ir de pie antes que sentarse al lado de una mujer. ¿La razón? Las mujeres son impuras, incitan los malos pensamientos, propician el pecado y el alejamiento de los caminos de dios. Existen letreros en ciertos barrios de ultraortodoxos que les prohiben a las mujeres caminar por ciertas banquetas, para que no vayan a rozar sus cuerpos con los de los hombres al cruzarse en su camino. 

Lo terrible es que aún va más allá. Está el caso de Nili Phillip, una mujer que iba en su bicicleta por un suburbio de Jerusalén. Alguien le lanzó una roca que golpeó su casco. Lamentablemente, ésa no fue su única experiencia con los misóginos Haredim: unos años antes, ella iba corriendo por una calle que bordeaba uno de esos barrios de ultra-ortodoxos. Los hombres le gritaron shikseh, el término derogatorio para una mujer gentil (no judía) y prutzah (puta), además de escupirle al pasar. Y  eso que ella es una mujer religiosa, que iba con la cabeza cubierta, y una falda abajo de la rodilla. Porque hay un código de vestimenta, que involucra esconder el cabello de las mujeres casadas, usar una falta que esconda los tobillos, y una blusa que tape los brazos y los huesos del esternón. La ropa debe ser holgada, nada transparente o reveladora, y siempre de color negro. Incluso las carreolas que usan las mujeres Haredim para sus bebés, son de color negro. En realidad, estas mujeres no se ven distintas a las monjas católicas, las monjas cristianas ortodoxas, y las mujeres musulmanas. La religión homogeiniza el yugo de los hombres sobre las mujeres, y todo con auspicio divino.Grupos ultra ortodoxos en Jerusalén han lanzado un edicto religioso en el que se exige a las mujeres a que cubran sus cuerpos y su cabello para poder estar limpias de pecado.   

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La moda para las mujeres bajo la bota divina (y masculina)

 Hay algunas cosas que son aberrantes, paradójicas, o simplemente estúpidas. Como por ejemplo la rama de los Haredim que está en contra del Estado de Israel. No sólo apoyan la creación del estado palestino y a la organización de liberación de Palestina, sino que algunos de ellos incluso financian al grupo terrorista Hamas, y apoyan abiertamente al presidente iraní Mahmoud Ahmadinejad, que niega el holocausto y ha expresado en medios internacionales su posición de desear la obliteración de Israel y todos los judíos.Yo no digo que todos los israelíes y todos los judíos tengan que apoyar las acciones de su gobierno; al contrario, me agrada ver que hay voces disidentes y mucho. Pero lo aberrante de estos ortodoxos es que ellos mismos viven parasíticamente del Estado y el hecho de que, la filosofía de Hamas y Ahmadinejad es básicamente la misma que tenía Hitler: están por la aniquilación de todos los judíos, no sólo por la no existencia de Israel, o por la repartición de la tierra de una manera justa para ambas facciones. Irónico que estos hombres barbados y vestidos de negro desearan eliminar su misma fuente de manutención e instaurar el poder a un grupo de fanáticos que desean matarlos. Bueno, ése es el “razonamiento” de algunos religiosos. 

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Miembros del grupo Haredi Naturei Karta

Aunque hoy en día parezca difícil creerlo, en realidad los primeros sionistas eran anti-religiosos, si acaso porque muchos rabinos ortodoxos eran anti-sionistas. Pero David Ben-Gurion subsidió a varios cientos de estudiantes Yeshiva para que pudiera utilizar todo su tiempo estudiando la Torah en lugar de trabajar o de ingresar al ejército. Ahora estos parásitos, como les parecen a muchos israelíes, no trabajan en absoluto y viven del erario. Wunderbar!!

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Chicos Haredim (judíos ortodoxos). Algunos muy parecidos por tanto “interbreeding”.

Los religiosos no sólo son parásitos, se reproducen como conejos (es normal para una mujer Haredim tener unos 8 hijos) y eluden la obligación del ejército, cuando el resto de los ciudadanos están obligados a hacer el servicio militar, hombres y mujeres por igual. Como sucede con todas las religiones existentes, no se contentan con vivir sus fantasías y desvariaciones en lo privado: intentan controlar el comportamiento de los demás, como ya se vio en su relación con las mujeres. 

¿No trabajan, no hacen el ejército, segregan a las mujeres y las tratan como máquinas impuras de tener hijos? No sólo eso. También son racistas. Hay grupos de judíos Ashkenazim que se oponen a que sus hijos compartan el mismo salón con los niños Sefaradim, porque son una mala influencia y los contaminan. Así que le exigen al ministerio de educación que segregue la educación para que los dos grupos de judíos no se mezclen. ¿Así o más racistas?

¿Cómo se puede justificar la idea de que una minoría no-judía (como lo son los palestinos) tiene que ser restringida para que Israel pueda seguir siendo un estado judío (una idea en sí discutible y deleznable, para mi opinión), y al mismo tiempo defender el pluralismo racial y religioso, cuando los judíos ultra-ortodoxos insisten en que la “pureza” de sus hijos se verá mancillada si se les obliga a compartir el salón de clases con los judíos sefarditas? Es simplemente asqueroso. 

Y esto no es para que mis lectores antisemitas, nazi-afines, y ciegamente pro-palestinos agarren vuelo (me refiero a los que defienden la causa con el mismo fanatismo con que cualquier estúpido puede meter a millones de personas en un mismo estereotipo y desearles la muerte sólo por pertenecer a tal o cual grupo). Podría discurrir sobre las atrocidades de la iglesia católica a lo largo de su historia, pasando por las Cruzadas y la Santa Inquisición, y terminando por el encubrimiento de Juan Pablo II de cientos de curas pederastas. Que no se pierda mi punto. La religión envenena todo lo que toca y está diseñada para que un puñado de privilegiados controlen a las masas y se enriquezcan de su trabajo, sin mover ellos un dedo. Causalmente, en todas las religiones, siempre resultan ser hombres los que conforman esa clica nefasta. Recomiendo leer el libro de Christopher Hitchens: God is not great: how religion poisons everything, y siempre ver con desconfianza a quien asegura tener la verdad, y la superioridad moral de decirle a otros cómo debe vivir. Amén.

 

The Quesadilla-Controversy

2 Feb

ImagenLos humanos somos cosa curiosa. Mientras podamos polarizarnos, vamos a hacerlo con el mismo entusiasmo con que un cavernícola apaleaba a un mamut. Los dos tipos que se lían a golpes por irle a un club de futbol nacional en lugar de otro, se unirán en armonía durante el mundial en contra de la selección de otro país. Los católicos verán con recelo a los cristianos haciendo proselitismo de puerta en puerta, como si el catolicismo no hubiera sido una secta salida del judaísmo hace mucho tiempo. Sin embargo, los hijos de Alá buscarán masacrar los más infieles posibles, como en los buenos tiempos de las cruzadas, a pesar de que todas las religiones predican “el amor y la paz”. A una escala mucho menor, la esposa estará siempre en desacuerdo con la forma de cocinar el pavo de la suegra, asumiendo que sus costumbres familiares son mejores, pero al tiempo, esa misma mujer discutirá con su propia madre por la forma de hacer el pay de queso. El conflicto humano irremediable, como las arrugas y los años, los kilos de más y las calorías, los pescaditos plateados y los libros, los políticos y las mentiras.

Desde luego, a veces uno parece pelear por algo práctico en la superficie, cuando en realidad el rijoseo proviene de algún motivo interior…o ulterior. Y muchas veces, uno ni siquiera está consciente de ello. Tal parece ser el caso de la controversia de la QUESADILLA, como la llamo yo. Desde que tengo memoria, la gente de la capital del país y la gente de los estados de la república, pelean por el término correcto de “quesadilla”. O más bien, pelean por lo que cada quien entiende por esa palabra. En esta discusión, que puede volverse muy apasionada, los autollamados “capitalinos” se refieren al resto de los ciudadanos del país que no viven en el DF como “provincianos”, pero no de una manera descriptiva (después de todo, en México no hay provincias, sino estados), sino despectiva. Como si no pertenecer a esa minoría humana y territorial que son los capitalinos y el DF, fuera algo negativo. Yo, que nací en Durango y vivo en Tamaulipas, me considero una durangueña-tamaulipeca y no preciso de la referencia de la capital como asumirme como lo que soy. Es decir, la palabra “provincianos” tiene significado sólo en relación a “capitalinos”, pero lo que los segundos no saben, es que los primeros vivimos nuestra vida sin pensarnos en relación a ellos, sino a nosotros mismos. Los capitalinos usan la palabra “provinciano” como un insulto, de la misma manera en que los que vivimos en los estados, sobre todo los del norte, usamos el “chilango”. En otras palabras, es la “otredad geográfica-federativa” lo que se toma como una agresión. El sentimiento es mutuo, dirían unos y otros.

El término se usa de manera peyorativa y de qué manera. La gente debate apasionadamente, se prende, se enoja, se insulta, sufre de gastritis y presión alta, por lo que unos y otros entienden por quesadilla. Nuestros amigos de la capital manejan el término quesadilla como un platillo que puede o no contener queso, y al mismo tiempo, puede contener cualquier otra cosa que no sea queso. El ejemplo típico es la quesadilla de flor de calabaza. Nótese el énfasis en la “de”. En otras palabras, para los defeños, la quesadilla es un artefacto culinario que a veces contiene queso, pero no siempre, y tampoco puede considerarse un taco. Para los norteños (porque no me atrevo a ser conocedora de los usos y costumbres de todo el país, mucho menos del sur), quesadilla se refiere a una tortilla (puede ser de harina o de maíz) con queso fundido dentro. El queso puede ser chihuahua, menonita, oaxaca, asadero, requesón, fresco, etc. Desde luego que la quesadilla puede aderezarse con diversos aditamentos, según el gusto: puede ser cebolla y tomate, trocitos de carne, pollo, aguacate, etc. Cuando se le pone una rebanada de jamón, inmediatamente su norme torna a “sincronizada”. Y así, nuestra concepción del mundo parece penden de un hilo de queso en cuanto a lo que uno espera recibir cuando pide “una quesadilla, por favor”.

El norteño que anda en el DF, por azares del destino, antes que una quesadilla-norteña, recibirá la pregunta (casi siempre hecha con la desesperación nada sutil que se cargan muchos capitalinos, producto de precisamente vivir en las condiciones de la capital): ¿una quesadilla de qué? El norteño, por supuesto, notará el curioso uso de la preposición “de”, y contestará la afrenta gramatical con otra pregunta: ¿cómo que de qué? Pues de queso. El dependiente capitalino bufará con desdén, tal vez captando el acento norteño, y le traerá una quesadilla de queso. Si el norteño permanece el tiempo suficiente en la capital o si es curioso, notará que existen otros ingredientes para las “quesadillas”. Es más: increíblemente, no es que se le adicionen a la quesadilla, sino que pueden ir en lugar del ingrediente del queso. ¿Cómo? (diría Pitbull). What the fuck? (diría Sak Noel). En otras palabras, el QUESO como un ingrediente opcional de una QUESADILLA y no como su ESENCIA, su elemento INHERENTE, por decirlo así. De la misma manera, un capitalino de vacaciones por el norte, será recibido con un levantamiento de cejas cuando pida una quesadilla de flor de calabaza o cualquier otra ocurrencia igual de impensable. Si acaso, el dependiente podrá decir: Ah, ¿quiere decir con flor de calabaza? A lo que el capitalino responderá: de flor de calabaza. Por supuesto que “el cliente siempre tiene la razón” y en el norte, el espíritu de servicio, más hecho al modo estadounidense, le impedirá al empleado del restaurante ser grosero, pero seguro le dedicará al extranjero una mirada significativa.

El problema, por supuesto, radica en que los “capitalinos” asumen que su quesadillez debe ser la que debe regir al resto del país, mientras que los “provincianos” se manejan por la misma creencia. Al mismo tiempo, avientan a los otros los gentilicios que asumen ellos mismos como un insulto. Los chilangos creen que ser de provincia es una desgracia, y los que vivimos en los estados haremos todo lo posible por no ser confundidos con chilangos. Nos jactamos de nuestro aire limpio, de nuestro tráfico fluido, de nunca hacer filas en el súper, los restaurantes o el cine. ¿Quién quiere ser capitalino? ¿Quién le tiene miedo a Virginia Woolf? Y como todo, la tolerancia y el respeto vienen bien, para variar. Respetar la cultura-culinaria-local ayudaría mucho. Ajustarse al modo del lugar en el que estamos, y agradecer de buen modo “la explicación” que invariablemente viene cuando se tienen discrepancias gastronómicas. ¿Así que la guajolota queretana es un bolillo pintado con chile color, con carne deshebrada y cueritos ? Mmmm, qué interesante. Y qué delicioso también. Si no podemos estar unidos en el concepto de una tortilla y un trozo de queso, al menos podríamos intentar ser tolerantes con que exista otra interpretación para el término. Que nadie nunca murió por tener que sacarle una asquerosa flor de calabaza a la purista quesadilla.

Si me lo preguntan, prefiero las gorditas de requesón de Durango. Amén.