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Reseña de Hotel de arraigo.

27 Oct

Hace poco publiqué esta misma reseña en la revista Literal : Latin American Voices. Realmente sólo reseño libros que me encantan. Al poco me enteré que la novela de Imanol había ganado el premio Fuentes Mares 2015 para obra publicada. Me estoy volviendo pitonisa o tengo muy buen ojo. En todo caso, les comparto esta reseña con todo gusto.

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Hay libros que uno se obliga a terminar por estoicismo, compromiso o presión del mismo autor, y hay también libros que fluyen y, cuando uno menos se lo espera, uno llega a su final, sin haberlos podido soltar ni un momento. Hotel de arraigo (Suma de Letras, 2015), de Imanol Caneyada, cae en la segunda categoría. Tal vez soy una anticuada, pero cuando leo una novela me gusta encontrar una historia interesante, un conflicto, y personajes tridimensionales, cada uno con su propia agenda, con sus virtudes y sus defectos. Me gusta vivir la tensión y pasar cada página con el hambre de saber qué más pasará. Lamentablemente, no todas las novelas caen en esta categoría y con frecuencia uno se topa con 400 páginas de descripción, divagaciones, elucubraciones sesudas, y una historia plana, sin conflicto, que no va a ninguna parte. Desde luego, jamás reseñaría una novela así.
Para mi fortuna, Hotel de arraigo contiene todos los elementos por los cuales me acerqué a la literatura en un primer lugar. No sólo es la historia ágil, la trama perfectamente estructurada y existe un conflicto claro que lo tiene a uno al borde de la silla: la prosa es bella, hasta poética a veces, aunque sea para describir una escena atroz; los personajes son complejos, redondos, humanos; y el autor un experto en administrar la información para tener al lector como a un galgo que persigue la liebre. No sólo eso, sino que Imanol Caneyada consigue hacer una cruda crítica social del México actual, y hacernos reflexionar, con pesimismo, en mi caso, sobre la situación actual del país y los seres humanos que somos cómplices en ella.

La novela plantea la “colisión” de dos familias que por azares del destino y los modos corruptos de algunos de sus integrantes, terminan encontrándose. Por un lado tenemos a Arnulfo Lizárraga, un agente antisecuestros en declive con una familia clasemediera y aspiracional, que termina siendo degradado a cuidar un hotel de arraigo y ya no puede dedicarse a secuestrar. Carmen, su esposa, está acostumbrada a un nivel de vida que su marido no podría pagar si no fuera por sus actividades extracurriculares. Verónica, la hija con síndrome de Tourette, estudia en la universidad y parece ser el único personaje que no vive una doble vida en su familia. Por otra parte está Gabriel García, un junior déspota acostumbrado a salirse con la suya. Hijo de tigre pintito, sacó un poco de su padre, Heriberto García, empresario corrupto y sin escrúpulos, y de Ana Luisa, su madre devota que llena sus horas haciendo caridad porque es lo que se espera de las señoras copetona como ella. Violencia, corrupción, mentiras, y oportunidades de redimirse que nunca se toman. No daré  más detalles de la trama: sólo diré que es una novela que no hay que perderse.

Imanol_Caneyada-51No dejen de leer Hotel de arraigo: es entretenida, ágil, literaria, bellamente escrita, con personajes tridimensionales y una trama que obliga a terminar el libro en una sentada: difícilmente uno se topa estas características en un mismo libro. Por si fuera poco, tuve la oportunidad de conocer personalmente al autor: Imanol es un hombre sencillo, simpático e inteligente. Escribió esta novela genial y hasta guapo es. ¿Necesito decir más?

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Entrevista para Blog Indieo

29 Ene

Entrevista para Blog Indieo

Originaria de Durango, Liliana V. Blum (1974), además de ser una ávida lectora, es una hábil cuentista. Ha sido antologada en varios libros de cuentos, entre ellos Atrapadas en la madre (2007) y Usted está aquí (2007). Asimismo, es autora del libro Vidas de catálogo (2007), El libro perdido de Heinrich Böll (2008), La maldición de Eva (2002) y, el más reciente, Yo sé cuándo expira la leche (2011). También estudió literatura comparada en la Universidad de Kansas.

Leamos lo que nos cuenta sobre sus manías de lectura.

 

Una reseña sobre mi novela Residuos de espanto

20 Ene

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Una escritura productiva, por Ricardo Esquer

Con Residuos de espanto (Ficticia, 2013), Liliana V. Blum (Durango, 1974) obtuvo una mención honorífica en el Premio Nacional de Novela Breve “Amado Nervo”, convocado por la Universidad Autónoma de Nayarit, y la publicación de la obra. Así, el libro, originalmente titulado Dios los hace, se convirtió en el séptimo título individual de una carrera literaria que empezó en 2002, con La maldición de Eva. Además de mantener una producción constante, la autora ha cosechado reconocimientos y premios como el Concurso Internacional de Narrativa en 2007 convocado por el Centro Israelí para las Comunidades Iberoamericanas, el Premio Nacional de cuento Beatriz Espejo en 2006, el concurso de la revista Literal: Latin American Voices en 2013 con el cuentario No me pases de largo.
Se trata por tanto de una autora con un prestigio creciente, sustentado en un trabajo serio, hecho con talento y madurez. La seriedad de esta escritura se refiere al compromiso que vincula a la autora con hechos históricos concretos y la lleva a tomar partido por las víctimas de las injusticias. Residuos de espanto no significa sólo otra novela sobre el Holocausto, sino una escritura que participa en la aventura de la construcción de la identidad femenina, registra la violencia ejercida sobre la abuela de Abigaíl, personaje narrador, y al final se permite una esperanza.
Desde el principio Abigaíl se define en relación con su abuela: “Soy la nieta de una sobreviviente. No hay referente mayor en mi vida.” Ella conoce a un hombre que también sobrevivió al exterminio el día que interna a su abuela, después de encontrarla inconsciente pero aún viva. El deseo de hablar con alguien la mueve a caminar por un pasillo del hospital y en ese recorrido le llama la atención el nombre de Jósef Pasternak en la puerta de una habitación, pues también ella tiene un apellido extranjero. Se acerca al viejo y durante varios días escucha sus historias, contadas con la intención de que a su vez se las cuente a su abuela. Pero Déborah muere sin haber despertado. Y Abigaíl entrelaza las historias de un hombre y una mujer que nunca se conocieron pero compartieron un dolor causado por las mayores pérdidas y el de haber sobrevivido al infierno, pues hay cosas peores que la muerte.
Abigaíl se sabe “protegida por un nuevo contexto histórico” y, por tanto, ajena a “esa trinidad tan íntima y terrible que forman el verdugo, la víctima y el testigo”. Pero también sabe que escapar de la maquinaria que acabó atrozmente con seis millones de vidas es peor que morir. La motivación del personaje narrador, alter ego de Liliana V. Blum, se relaciona con el deseo de arrebatarles a los nazis la victoria final sobre quienes salieron vivos de los campos. Logra esto acompañándolos en sus últimos momentos; así, el lector participa en una maniobra en la que la salida del mundo equivale a dejar por fin la prisión cuyas sombras siempre estuvieron presentes, de manera residual.
Puede presumirse la intención de que las palabras –escritas, se entiende–, tengan una utilidad más allá de nombrar el mundo. Esas palabras que “a veces (…) lo son todo, determinan cosas, deciden el rumbo de una vida y, en cambio, en otras ocasiones no son absolutamente nada”. La escritura constituye también la posibilidad que Abigaíl encuentra para inventarse reconstruyendo las historias de dos supervivientes de una época lejana en el tiempo pero íntimamente unida a la narradora. “Soy el libro de la abuela”, declara, identificándose con una escritura que al parecer la niega, pues solamente transmite lo que ella escucha, aunque en realidad cumple una función muy importante, porque gracias a sus palabras el lector puede participar en la liberación de su abuela y, a través de ella, de Jósef y de todos los supervivientes de este oscuro episodio de la historia de nuestra especie, que bien podría llamarse de la deshumanización reciente.
De acuerdo con las necesidades del relato, la narradora hilvana sus historias avanzando y retrocediendo en el tiempo, tal vez en busca de una libertad negada por la linealidad de una temporalidad degradante. Elaborado desde esa perspectiva, el tejido resultante muestra cómo en la íntima trabazón de miseria y esperanza, la segunda termina por imponerse, como débil señal de que a pesar de todo el espíritu permanece indestructible, encontrando maneras de superar el caos, expresándose, por ejemplo.
Esta breve e intensa novela expresa precisamente las luchas de un espíritu que termina por imponerse sobre lo que lo niega. Igual que Déborah es liberada por la negación de Abigaíl convertida en escritura, la nieta rompe el silencio asumido al narrar la historia de otros, la cual deviene su propia historia. Así, se trata de una escritura que produce una identidad.

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Usos y costumbres

9 Jun

He visto mucha actitud bíblica recientemente. Me refiero a eso de desgarrarse las vestiduras y lanzar la primera piedra con gusto, con la mano embadurnada de corrección moral. Ya se sabe que uno se desgarra las vestiduras ante algo doloroso, injusto, indignante, y que uno lanza la primera piedra sólo cuando se está libre de culpa. Mucha gente, justificadamente, ha criticado con fuerza el incidente del infame joven panista, Juan Pablo Castro, que en el parlamento de la juventud organizado por la ALDF llamara “jotos” a los homosexuales y criticara la iniciativa de ley que desde hace dos años permite el matrimonio entre personas del mismo sexo en el DF. Por eso hablo de rasgarse las vestiduras: los reclamos se han dejado escuchar en los medios masivos, así como en las redes sociales y en las pláticas de oficina. Me uno a la indignación: es una vergüenza que este chiquillo pretenda imponer su moral personal y prejuicios al resto del país.

No olvidemos tampoco al gobernador panista de Jalisco, Emilio González, con su “asquito” a los homosexuales, al cultísimo Esteban Arce que comparó la homosexualidad con la “demencia animal”, o al ocurrente Hugo Valdemar, vocero de la Arquidiócesis de México, que aseguró que los matrimonios gays dañaban más que el narco. Todas esas afirmaciones son terribles, dan vergüenza, provocan coraje y expresan harta ignorancia y odio de parte de quienes los profirieron.

Pero no oigo a quienes despepitan en contra del joven Castro decir nada sobre el hecho en que el diputado del PANAL, Héctor Alonso Granados llamara “señorita” y “homosexual discriminado” a un trabajador del Congreso del Estado de Puebla. ¿Eso no estuvo tan mal? Tampoco escucho a los mismos que vociferan contra el niño homofóbico decir ni pío sobre la postulación que hará el Movimiento Progresista al senado de Nuevo León, de Malaquías Aguirre López, cuyas expresiones homofóbicas le valieron el año pasado una reconvención por parte del Conapred, luego de que calificara como “maricones” a los diputados que se abstuvieron de emitir su voto durante una discusión hacendaria. ¿Eso no es homofóbico?

A pesar de nuestras posturas ideológicas, las que sean, en México, como sociedad, todos cojeamos de la misma pata, nos guste aceptarlo o no. Me incluyo en este plural de la primera persona, porque no soy de las que tira la piedra y esconde la mano. Hay personas abiertamente homofóbicas, y otras, por “usos y costumbres”. Quizás no del tipo que cometería un crimen de odio y que quiere negarle a este grupo de personas sus derechos humanos, pero sí del tipo que propicia, propaga y promueve, sin que sea su intención, la homofobia como un estándard de nuestra sociedad.

Por supuesto que al leer esto, muchos levantarán la ceja con indignación y dirán: No, yo no soy homofóbico. Yo estoy a favor del matrimonio gay. Mis mejores amigos son gays. Pero seamos honestos, lector. ¿Ha contado o reído ante una broma sobre judíos, mujeres, homosexuales, negros, gringos, indígenas, personas con discapacidad mental? Después de todo, es sólo una broma, ¿no? A ver, sinceramente: ¿No alardean los hombres constantemente de no ser homosexuales, desmentir lo que hiciera falta para que nadie pudiera pensar lo contrario? Hombres, ¿no han  llamado “de broma” a un amigo con alguna de las tantísimas palabras que tiene nuestra lengua para referirse de forma florida a los homosexuales, jugando, retándolo a hacer algo, tal vez? ¿No ha usado como insulto, como sinónimo de cobarde, esas mismas palabras?

El lenguaje es el único medio que tenemos para saber lo que otros piensan y expresar lo que pensamos. Cuando manejamos un lenguaje homofóbico, cuando entramos en esa dinámica que sugiere que ser homosexual es negativo, un ser inferior o abominable: de allí que pueda funcionar como insulto llamarle a otro hombre así, cuando no cuestionamos el lenguaje; al contrario, cuando lo usamos sin más y lo aceptamos, cuando lo propiciamos y lo trasmitimos a las nuevas generaciones, somos cómplices. En otras palabras, podremos estar totalmente a favor del matrimonio gay y sin embargo, podemos contribuir a la discriminación contra los homosexuales al fomentar el lenguaje que los violenta, usando sin cuestionar toda la serie de palabras peyorativas contra los homosexuales, haciendo y riendo con los chistes o insultando a otros. Podemos escudarnos en “es sólo un dicho”, o “así se dice, pero yo no tengo nada en contra de los homosexuales”. Pero no desestimemos nunca el poder de las palabras, pues las palabras son ideas, son pensamientos, y las acciones derivan de lo anterior.

Decían las abuelas: entre broma y broma, la verdad se asoma. Freud estaría de acuerdo con la abuela. Para Michael Billig, profesor de Ciencias Sociales en la Universidad de Loughborough, el humor funciona como un muro de contención; esto es, el humor tiene su propia estética, moralidad y política. Por eso nos reímos de ciertas cosas o bien, no nos parece correcto burlarnos de otras. El humor, pues, refleja las políticas de una sociedad. Al mismo tiempo, el humor crea lazos, pero también brechas: nos reímos con los que consideramos nuestros iguales (bajo el parámetro que sea), y nos reímos de los que son distintos a nosotros: sea la familia política, los niños del sexo opuesto, los del equipo de futbol contrario, o los que practican una sexualidad distinta a la propia.

El peligro de la risa en las bromas racistas u homofóbicas promueve el antagonismo y la distancia entre quien odia y el sujeto odiado. De acuerdo con Freud, hay un conflicto fundamental entre lo que demanda de nosotros la vida social y las urgencias del instinto. La sociedad exige que lo sexual y lo agresivo sean suprimidos: en otras palabras, nuestro entorno social nos obliga a ser políticamente correctos ante los amigos, los parientes, los compañeros de trabajo, los correligionarios, etc. Pero, dice Freud, lo reprimido se termina disfrazando para así poder salir a la luz. Las bromas, al igual que los sueños y los “deslices de la lengua”, son todos deseos reprimidos. Por eso, cuando reímos de algo, a veces ni siquiera podemos explicar por qué lo hacemos. Freud decía que el auto-engaño subyace a nuestro disfrute del humor: nos gusta pensar que nuestro humor es moral al igual que nosotros mismos; nos gusta pensar que estamos inocentemente disfrutando de un chiste gracioso, pues después de todo, es “sólo una broma”. Sin embargo, la carcajada socarrona tiene un sonido agresivo que permite un placer momentáneo derivado de algo cruel. No es tan inocente.

Tal cual, las bromas tendenciosas nunca son “solamente una broma”. El ridiculizar a una minoría en un chiste (sean los homoseuxales, las mujeres, los judíos, los indígenas, los obesos, etc.) tiene el rol de mantener un orden. Nadie quiere estar del lado de los ridiculizados, de los burlados. Así, el que rompe los códigos sociales (y en una sociedad como la nuestra, la norma es ser heterosexual) se expone al ridículo. De allí que el temor a ser ridiculizado y objeto de burla ayude a mantener el orden actual de las cosas. Por eso, para Freud, el humor, lejos de ser un acto rebelde, juega una función muy conservadora en la sociedad. Nos reímos de los otros para que no nos confundan con ellos, para dejar claro que entre ellos y nosotros hay una gran diferencia, que no somos iguales.

Podemos estar o no de acuerda con esta visión freudiana de las bromas. Podemos admitir o no el ser partícipes de bromas que hacen mofa de ciertas minorías, como la homosexual. Podemos o no reconocer que hemos usado el lenguaje homofóbico, de juego o como insulto. Podemos decir que estamos tan imbuidos en la cultura y el lenguaje que no lo notamos, pero que nuestra intención es buena. Lo cierto es que la sociedad la conformamos todos y la homofobia se aprende, no sólo de las sotanas y los púlpitos, sino desde casa, desde los medios, desde los amigos y la gente cercana. Las ideas se transmiten a través del lenguaje. Las ideas se mimetizan. Dice la controversial Camille Paglia que el cambio social no es revolucionario, sino evolucionario. Los cambios sociales profundos toman tiempo, pues la cultura sólo puede cambiar poco a poco. Evolucionemos para mejorar: empecemos entonces a limpiar nuestro lenguaje para que no se nos cuele la homofobia ni por la puerta principal ni por las rendijas más pequeñas.

The Quesadilla-Controversy

2 Feb

ImagenLos humanos somos cosa curiosa. Mientras podamos polarizarnos, vamos a hacerlo con el mismo entusiasmo con que un cavernícola apaleaba a un mamut. Los dos tipos que se lían a golpes por irle a un club de futbol nacional en lugar de otro, se unirán en armonía durante el mundial en contra de la selección de otro país. Los católicos verán con recelo a los cristianos haciendo proselitismo de puerta en puerta, como si el catolicismo no hubiera sido una secta salida del judaísmo hace mucho tiempo. Sin embargo, los hijos de Alá buscarán masacrar los más infieles posibles, como en los buenos tiempos de las cruzadas, a pesar de que todas las religiones predican “el amor y la paz”. A una escala mucho menor, la esposa estará siempre en desacuerdo con la forma de cocinar el pavo de la suegra, asumiendo que sus costumbres familiares son mejores, pero al tiempo, esa misma mujer discutirá con su propia madre por la forma de hacer el pay de queso. El conflicto humano irremediable, como las arrugas y los años, los kilos de más y las calorías, los pescaditos plateados y los libros, los políticos y las mentiras.

Desde luego, a veces uno parece pelear por algo práctico en la superficie, cuando en realidad el rijoseo proviene de algún motivo interior…o ulterior. Y muchas veces, uno ni siquiera está consciente de ello. Tal parece ser el caso de la controversia de la QUESADILLA, como la llamo yo. Desde que tengo memoria, la gente de la capital del país y la gente de los estados de la república, pelean por el término correcto de “quesadilla”. O más bien, pelean por lo que cada quien entiende por esa palabra. En esta discusión, que puede volverse muy apasionada, los autollamados “capitalinos” se refieren al resto de los ciudadanos del país que no viven en el DF como “provincianos”, pero no de una manera descriptiva (después de todo, en México no hay provincias, sino estados), sino despectiva. Como si no pertenecer a esa minoría humana y territorial que son los capitalinos y el DF, fuera algo negativo. Yo, que nací en Durango y vivo en Tamaulipas, me considero una durangueña-tamaulipeca y no preciso de la referencia de la capital como asumirme como lo que soy. Es decir, la palabra “provincianos” tiene significado sólo en relación a “capitalinos”, pero lo que los segundos no saben, es que los primeros vivimos nuestra vida sin pensarnos en relación a ellos, sino a nosotros mismos. Los capitalinos usan la palabra “provinciano” como un insulto, de la misma manera en que los que vivimos en los estados, sobre todo los del norte, usamos el “chilango”. En otras palabras, es la “otredad geográfica-federativa” lo que se toma como una agresión. El sentimiento es mutuo, dirían unos y otros.

El término se usa de manera peyorativa y de qué manera. La gente debate apasionadamente, se prende, se enoja, se insulta, sufre de gastritis y presión alta, por lo que unos y otros entienden por quesadilla. Nuestros amigos de la capital manejan el término quesadilla como un platillo que puede o no contener queso, y al mismo tiempo, puede contener cualquier otra cosa que no sea queso. El ejemplo típico es la quesadilla de flor de calabaza. Nótese el énfasis en la “de”. En otras palabras, para los defeños, la quesadilla es un artefacto culinario que a veces contiene queso, pero no siempre, y tampoco puede considerarse un taco. Para los norteños (porque no me atrevo a ser conocedora de los usos y costumbres de todo el país, mucho menos del sur), quesadilla se refiere a una tortilla (puede ser de harina o de maíz) con queso fundido dentro. El queso puede ser chihuahua, menonita, oaxaca, asadero, requesón, fresco, etc. Desde luego que la quesadilla puede aderezarse con diversos aditamentos, según el gusto: puede ser cebolla y tomate, trocitos de carne, pollo, aguacate, etc. Cuando se le pone una rebanada de jamón, inmediatamente su norme torna a “sincronizada”. Y así, nuestra concepción del mundo parece penden de un hilo de queso en cuanto a lo que uno espera recibir cuando pide “una quesadilla, por favor”.

El norteño que anda en el DF, por azares del destino, antes que una quesadilla-norteña, recibirá la pregunta (casi siempre hecha con la desesperación nada sutil que se cargan muchos capitalinos, producto de precisamente vivir en las condiciones de la capital): ¿una quesadilla de qué? El norteño, por supuesto, notará el curioso uso de la preposición “de”, y contestará la afrenta gramatical con otra pregunta: ¿cómo que de qué? Pues de queso. El dependiente capitalino bufará con desdén, tal vez captando el acento norteño, y le traerá una quesadilla de queso. Si el norteño permanece el tiempo suficiente en la capital o si es curioso, notará que existen otros ingredientes para las “quesadillas”. Es más: increíblemente, no es que se le adicionen a la quesadilla, sino que pueden ir en lugar del ingrediente del queso. ¿Cómo? (diría Pitbull). What the fuck? (diría Sak Noel). En otras palabras, el QUESO como un ingrediente opcional de una QUESADILLA y no como su ESENCIA, su elemento INHERENTE, por decirlo así. De la misma manera, un capitalino de vacaciones por el norte, será recibido con un levantamiento de cejas cuando pida una quesadilla de flor de calabaza o cualquier otra ocurrencia igual de impensable. Si acaso, el dependiente podrá decir: Ah, ¿quiere decir con flor de calabaza? A lo que el capitalino responderá: de flor de calabaza. Por supuesto que “el cliente siempre tiene la razón” y en el norte, el espíritu de servicio, más hecho al modo estadounidense, le impedirá al empleado del restaurante ser grosero, pero seguro le dedicará al extranjero una mirada significativa.

El problema, por supuesto, radica en que los “capitalinos” asumen que su quesadillez debe ser la que debe regir al resto del país, mientras que los “provincianos” se manejan por la misma creencia. Al mismo tiempo, avientan a los otros los gentilicios que asumen ellos mismos como un insulto. Los chilangos creen que ser de provincia es una desgracia, y los que vivimos en los estados haremos todo lo posible por no ser confundidos con chilangos. Nos jactamos de nuestro aire limpio, de nuestro tráfico fluido, de nunca hacer filas en el súper, los restaurantes o el cine. ¿Quién quiere ser capitalino? ¿Quién le tiene miedo a Virginia Woolf? Y como todo, la tolerancia y el respeto vienen bien, para variar. Respetar la cultura-culinaria-local ayudaría mucho. Ajustarse al modo del lugar en el que estamos, y agradecer de buen modo “la explicación” que invariablemente viene cuando se tienen discrepancias gastronómicas. ¿Así que la guajolota queretana es un bolillo pintado con chile color, con carne deshebrada y cueritos ? Mmmm, qué interesante. Y qué delicioso también. Si no podemos estar unidos en el concepto de una tortilla y un trozo de queso, al menos podríamos intentar ser tolerantes con que exista otra interpretación para el término. Que nadie nunca murió por tener que sacarle una asquerosa flor de calabaza a la purista quesadilla.

Si me lo preguntan, prefiero las gorditas de requesón de Durango. Amén.

Esta cosa de la edad…

1 Ene

Luego de poco más de un año sin escribir acá (no sé exactamente, pero al menos siento que no escribo aquí en años), escribo ahora como una manera de afrontar este primer día de este nuevo año. Para quienes nunca me han leído, mi blog (tanto como mi facebook y mi twitter), me sirve para quejarme de mis dolencias (reales o imaginarias), de mi cotidianeidad, y también desfogar mis enojos, indignaciones, ideas, ocurrencias, reflexiones y demás. Escribo con libertad, sin editar o corregir mucho, porque no quiero sentir que es una imposición, sino una liberación. No tengo vetado ningún tema, por cierto, y usted querido lector, es libre de leerme o abandonar la página, comentarme algo o callar para siempre. Yo, por mi parte, tengo la libertad de escribir lo que yo quiera (éste es, después de todo, MI espacio) y de reservarme la publicación u obliteración de los comentarios.  Sé que todo esto es obvio, pero uno sobreestima a la gente a veces.

Pues bien. Buscaba una imagen para ilustrar este post, pero todas son chistes crueles sobre mujeres ancianas, o mujeres cuarentonas operadas para verse de menos años. Así que lo dejaré sin imagen. Hoy es el primer día del año, muy cercano a mi próximo cumpleaños, por cierto. No soy de las que se quitan años o se ponen roñosas cuando alguien les pregunta su edad. Como escritora, soy de las que siempre ponen su año de nacimiento, tras una coma y el nombre de su ciudad natal. Igual, el paso de los años pesa y mucho. Y hablando de pesos, hoy también me subí a la báscula luego de no hacerlo por casi un mes. No quería saber: negación pura y navideña. Por supuesto que no esperaba otra cosa, pero aún así no resulta nada agradable toparse de frente con la realidad.

En un mundo ideal las apariencias deberían ser menos importante que la persona en sí: persona entendida como la cáscara y la pulpa, el cuerpo y los pensamientos, el físico y los sentimientos, lo externo y lo interno, bla bla blá. Pero en el mundo real, sí que importan, y tal vez las feministas se me vayan a la yugular tras leer esto, pero para las mujeres importan mucho más. Dicen por allí que con la edad los hombres se van volviendo interesantes y las mujeres solamente viejas. Lo cierto es que a las mujeres se les valora por su belleza (ergo, su juventud) y a los hombres por sus logros (que no necesariamente se dan en la juventud). Quizás ambas cosas son injustas, pero un hombre sesentón y exitoso tiene mujeres jóvenes y todos lo admiran por ello, mientras que una mujer exitosa de sesenta, es una mujer exitosa, a la que todos criticarían si anduviera con un muchachito veinteañero. Por más que el “cougarismo” esté de moda, es difícil sacarse los atavismos como si fuera un suéter.

Me quedé pensando cómo las mujeres después de los cuarenta se vuelven gradualmente invisibles. Incluso las que alguna vez tuvieron posiciones de poder, se van deslavando para siempre apenas se jubilan. Por eso muchas mujeres pelean con uñas y dientes las fiestas familiares: una vez que las hijas o las nueras asumen el papel, la razón de existir de muchas mujeres parece desaparecer. A las mujeres mayores de cuarenta, el mundo ya no las mira. Por supuesto que hablo de las mujeres normales, no las de la farándula nacional o holliwoodense. Pero aún ellas, con sus entrenadores personales, las cirugías, el maquillaje profesional, la buena iluminación y el photoshop a sus pies, sufren los embates de la edad. Porque la verdad es que a pesar de todos los esfuerzos, la edad se nota. Y mientras más tratan las mujeres de esconderla o apañarla, el factor de ridiculez aumenta de una manera casi dolorosa. Mujeres de cincuenta con los labios inyectados de silicón, la piel estirada, las tetas falsas de silicón, las fajas o la liposucción, el maquillaje más grueso que un chicharrón de cerdo: pena ajena, tristeza propia. Porque uno ve todo eso y pone las barbas (o las arrugas) a remojar.

Por eso las reuniones con excompañeras de la escuela pueden infundirnos tanto morbo y, al mismo tiempo, tanto miedo. Porque es en las mujeres de nuestra misma generación, que nos vemos reflejadas. Allí vemos nuestras virtudes y nuestros errores: si tan sólo hubiera hecho más ejercicio, si me hubiera alejado más del sol, si si si si si… Pero los años están allí, unos mejores pasados que otros, pero están allí. Y nadie queremos ser invisibles ni ridículas. Si toda la vida crecimos con juguetes, comerciales, películas y canciones enseñándonos que las mujeres valemos por nuestra belleza, verla escurrirse por la coladera, junto con nuestros cabellos y algunas canas, resulta doblemente terrible. No sólo por la conciencia del final de nuestra vida, sino por invisibilidad a la que pronto estaremos sujetas.

El envejecimiento se puede medir bien cuando una pasa frente a una construcción. Cuando una es joven, los albañiles nos prodigan con una sarta de insultos soeces y sexuales, y una puede darse el lujo de enojarse mucho e indignarse. Con el paso del tiempo, los comentarios van cesando, hasta llegar el día en que los albañiles a lo mucho saludarán educados (buenos tardes, señora), y más tarde, ni siquiera eso. Porque las mujeres, nos volvemos invisibles con los años. Por eso el que una mujer más joven nos llame “señora” es el peor insulto posible. Esto, claro, sólo puede entenderlo otra mujer.

También es cierto que a veces la inteligencia o ciertos logros nos salvan, o al menos, nos dan la ilusión de que nos salvan de esos sentimientos “superficiales y tontos” de la edad. Pero honesta y dolorosamente, lo cierto es que todas al final de cuentas, somos susceptibles a esto. Sentirse amenazada por alguien más joven, sólo porque es joven, no sólo es natural, sino humillante. Porque una se dice una y otra vez que eso no debería importar, pero al final, sin que una quiera (sin querer queriendo, diría el Chavo del 8), termina importando. Y entonces uno comienza a hacer ejercicio, dietas, a ponerse cremas, y a buscar, lastimeramente, un poco de comprensión. O paciencia, si lo primero no fuera posible.

Preguntas de una no intelectual

23 Abr

Para este problema del narco que, insisto, desde el DF se ve más bien como se ve por la tele el conflicto en Libia,  varios intelectuales proponen que hay que sacar al Ejército, legalizar las drogas, y “pactar” con el narco. Hay un dejo de nostalgia por los tiempos en que el PRI enseñoreaba este país y los capos y sus íncubos se mantenían a raya a través de “negociaciones”. Me da la impresión de en la imaginación de muchos, antes del 2006 en el país no había violencia producida por el narco: es decir, que ésta llegó justo con Calderón al poder, cuando fue precisamente porque todo ya se había salido de control, que se tomaron cartas en el asunto. Es debatible si la guerra frontal contra el narco fue la mejor opción (yo pienso que no), pero ya nos reportó Wikileaks que cuando AMLO se entrevistó con Tony Garza antes de las infames elecciones del 2006, el tan carismático líder propuso (oh ironías), sacar al ejército a las calles y pelear contra el narco de manera enérgica. En otras palabras, lo mismo que hizo FCH. ¿Le habrá robado la peregrina idea al Peje, además de las elecciones? Tal vez. En cualquier caso, si la guerra contra el narco en manos del tabasqueño tuviera los mismos resultados que ahora, estoy segura de que muchos intelectuales justificarían tal fracaso por fuerzas externas y malignas que buscan sólo hacer quedar mal al presidente legítimo. Pero no hay hubieras. Mejor pensemos en las propuestas de algunos intelectuales aquí y ahora.

Legalizar las drogas: Maravilloso. Yo soy la primera que le firmo donde haya falta: creo en la libertad de hacer de nuestro cuerpo un papalote. Sin embargo, no creo que la violencia terminara. Hasta donde sé, la industria de la música es legal, y sin embargo, hay una millonaria industria ilegal de música pirata. Los cigarros, las medicinas, la ropa, los juguetes son todos legales: pero hay también quien vende estos productos falsificados y robados, todo al margen de la ley. Aún y cuando todas las drogas fueran legales, no faltaría quien la comercializara de manera ilegal. Digamos que la legalización no es la panacea. Ojalá que se legalizaran las drogas, pero este problema no desaparecería mágicamente.

Sacar al Ejército: Como dije, cuando se vive lejos de donde están los cocolazos, es mucho más fácil decirlo. En una colonia a una cuadra de mi casa capturaron a una mujer Zeta encargada de cobrarles a los migrantes que pretenden cruzar el estado, so pena de terminar en una fosa como las de San Fernando. Acá nos tocan los descabezados, los colgados del puente, las balaceras como una cosa cotidiana, las calles manchadas de sangre, los casquillos en las banquetas, los secuestros de gente cercana a uno, los secuestrados que a veces libera el Ejército, pero también los que luego se identifican en las fosas. Tenemos policías municipales no sólo ineptas y corruptas, sino trabajando para y recibiendo un sueldo de los mismos sicarios. No sólo no protegiendo a la población, sino secuestrando gente y a veces usando sus mismas instalaciones de trabajo para guardar a sus víctimas, y siempre entregando/vendiendo a los indocumentados centroamericanos a los Zetas para que ellos extorsionen a sus familias y los maten si no pagan. Estas son nuestras policías. El Ejército y los Marinos, con todas las acusaciones que se les ha hecho (que tan no impunes son, que están siendo cuestionados y en proceso por cada una de estas acusaciones), son los únicos que están aquí para abatir a los sicarios y liberar secuestrados. Chido si sacamos al Ejército. Son lo peor del mundo, tal vez, concedido. ¿Qué hacemos después? ¿Levantamos las manos ante los narcos que atacan ya directamente a la población civil? ¿Rezamos? ¿Qué?

Pactar con el narco. A ver.  Pactar quiere decir llegar a un acuerdo personas o entidades para concluir un negocio o cualquier otra cosa,obligándose a cumplirlo. Negociar es un intercambio de valores o cosas valiosas para las dos partes. Justo Javier Sicilia decía que hay que pactar con el narco. Llámenme prejuiciosa, pero no creo que estos sean caballeros de palabra, pero pongamos que sí. Para pactar con ellos tendríamos que darles algo a cambio de que dejaran de atacar a la población civil, tanto por amedrentar (como estos ataques directos a autobuses de pasajeros, quemar negocios, granadear centros comerciales, rafagear fiestas de adolescentes) como por extorsión (secuestros). ¿Qué podríamos darles a cambio? A ellos les interesa el dinero. Por eso cobran “cuotas de protección”. ¿La propuesta de los intelectuales sería pagarles a los narcos por el resto de nuestras vidas una cierta cantidad a cambio de que no nos maten? ¿Quién pondría la cantidad? Los narcos, claro. ¿O proponen que el gobierno les pague a los narcos, que haya una partida del presupuesto para tenerlos siempre contentos? Es decir, a trabajar más mexicanos para pagar de nuestro presupuesto la cuota de la “tranquilidad”.

Quisiera pues que los intelectuales y los que alzan el puño por su libertad de consumir las drogas  y reiteran que este consumo no tiene relación con el poder/ingreso de los narcos, que me digan los que sí saben ¿qué hacemos luego de retirar al ejército y qué cosa les ofrecemos a los narcos para que pacten con nosotros?