
Mangus tampiqueñus familiaris
Uno sabe que el tiempo de mangos empieza oficialmente cuando se ven sobre las banquetas los pequeños riñones verdes que abortan los árboles, o los que los pájaros desechan cuando están satisfechos. La temporada de mangos es también la época del calor que me hace añorar mis tiempos en Aguascalientes, Querétaro o Durango. Pero fuera de eso, en Tampico se vive bien. Uno puede ir por la calle, casi por cualquier calle, agacharse y recoger un mango para comérselo. Porque luego de un tiempo, comienzan a caer estupendos mangos, grandes, redondos y dulces. A mí me gusta cortarlos en cuadritos y comerlos a cucharadas, o bien, hacerme un licuado con ellos. Incluso nieve, si tengo la paciencia. Agua de mango. Mousse de mango. Mango whatever. Los loquitos de la calle (toda ciudad tiene sus loquitos de calle, con la cabellera en el estado de un león de circo amolado), esa pobre gente que va todo el día con la piel tostada por el sol, la ropa en andrajos, las uñas largas y llenas de hongos, puede tomar un mango en su camino y comerlo. Quedar con la cara chorreada de naranja y los dedos pegajosos. Me decía mi amiga Paloma que en Alemania los mangos son carísimos y es casi un lujo comerlos. Aquí en Tampico los levantamos del piso. Los vecinos regalan cajas de mangos y uno a la vez los regala porque son tantos que no se alcanzan a consumir. Es tiempo de mangos, la fruta más tampiqueña y democrática. Como el mosquito del dengue y los lagartos que brotan con las inundaciones, es nuestro. La temporada de mango también implica que terminan las clases de mis hijos y da inicio el interminable verano. Debo preparar un par de cursos para impartir en la casa de la cultura.


Lili:
los perros uribe y huerta (alias Paris) te extrañamos acá en las Tijuas, anduvimos en el “mar del norte” y nos hiciste falta pelirroja
ya pronto de caemos por allá
los tjperros